Publicat originalment a Sin Permiso (03-08-2026)
A finales de junio del año pasado escribía en Sin Permiso que la dinámica de éxito movilizador contra la turistificación en Mallorca
no pararía. Al afirmarlo no me basaba en una bola de cristal u otras formas
esotéricas de prever el futuro. Había -y sigue habiendo- razones objetivas para
hacer este pronóstico. El régimen de turistificación (algo sustancialmente
diferente a la mera “saturación turística” como también expliqué en el citado
artículo del verano pasado), solamente tiene una posible solución: la tríada de
decrecimiento, diversificación económica, y establecimiento de límites a la
población rica y muy rica. Decrecimiento planificado en una transición para que
sea justo, diversificación con criterios ecosociales, y límites al poder y en
su forma de vivir a las personas ricas y las ricas.
Mientras tanto, la mayoría de los y las residentes de Mallorca seguiremos
padeciendo la infernal dinámica de la turistificación que, necesariamente,
genera profundos, amplios, y estructurales malestares sociales. Esto explica que el pasado domingo, 26 de
julio, en torno a 70.000 personas saliéramos a la calle para denunciar que
Mallorca está al límite, y reivindicar Menos turismo y Más vida.
La dinámica infernal de la turistificación
Veamos unos pocos datos, apenas media docena, que ilustran el grado de
turistificación: 1. Mallorca forma parte de la segunda comunidad autónoma
española (les Illes Balears) en el ranking de riqueza media por hogar, con
477.000 euros en 2022, casi un 25% por encima de la media estatal. Y, a la vez,
es una de las más desiguales regiones del Reino de España, con un índice de
Gini patrimonial del 74,8, solo superado por las Islas Canarias. 2. Si en 2025
llegaron a las Islas Baleares algo más de 19 millones de turistas, este 2026 la
cifra final podría acercarse a los 21 millones. Entre los segmentos de más
crecimiento se encuentra el del lujo, y Mallorca ya soporta una presión
turística de unos 20 turistas por cada habitante. 3. Baleares tiene más del
triple de viviendas turísticas y de propietarios no residentes que la media del
conjunto del territorio español, y, al mismo tiempo, el Banco de España no deja
de señalar que Baleares es la comunidad autónoma española con más dificultades
para acceder a la vivienda de toda España, al tiempo que las casas de lujo -las
“luxury villas”- no dejan de ser noticia por alquileres de 20.000 euros la
semana. 4. Mallorca supera ya el millar de inmobiliarias y cuenta con unos
5.500 agentes inmobiliarios registrados, es decir, hay más agentes
inmobiliarios que profesionales que todavía se dedican a la agricultura y la
ganadería. 5. Un reciente estudio de The New Economics Foundation y Transport
& Environment, pone de manifiesto que el crecimiento descontrolado del
turismo, impulsado por el aumento del tráfico aéreo, impacta en un fuerte
incremento del precio de la vivienda, la precarización de los empleos del
sector turístico, y la reducción de la inversión en sectores más productivos e
innovadores. La comunidad autónoma de las Illes Balears -junto a la de Canarias
y Catalunya- se encuentra entre las regiones más expuestas al exceso de turismo
de este tipo. El citado estudio estima que el sector de la aviación es
responsable del 52 % de las emisiones directas de la industria turística
mundial, y de gran parte del aumento de las emisiones de dicho sector. En
Europa, se prevé que las emisiones derivadas de las llegadas de turistas
internacionales por vía aérea aumenten más del 60 % entre 2016 y 2030. Mientras
tanto, el Aeropuerto de Palma (Mallorca) cerró 2025 con un total de 33,8
millones de pasajeros, y, lejos de decrecer, prevé rozar los 36 millones de
pasajeros en 2031. 6. Los hoteles de Palma pagan hasta nueve veces menos por el
agua que consumen con una tarifa a medida que lo que pagamos los residentes,
una discriminación a favor de la industria hotelera calculada en millones de
euros.
En cualquier caso, con estos datos, y toda la batería de indicadores
macroeconómicos, de condiciones de vida, y de precariedades laborales y vitales
disponibles, no es arriesgado afirmar que Mallorca se consolida como una isla
con un modelo social propio de una “zona de sacrificio”, es decir, un modelo de
sociedad de territorio habitado que sufre permanentes impactos socioambientales
negativos para los residentes a consecuencia de una actividad industrial -en
este caso el monocultivo turístico- altamente contaminante y precarizadora, que
originalmente funcionó como una promesa de mejora de las condiciones económicas
y de desarrollo de la comunidad local.
Y, como es sabido, en las “zonas de sacrificio” históricamente se han
generado fuertes movimientos de protesta contra el capitalismo extractivista
sin piedad y a favor de la vida digna por parte de las poblaciones locales.
Este es el contexto en el que hay que interpretar la histórica manifestación
-una de las más masivas de la historia insular- del 26 de julio de 2026.
Antecedentes de la gran manifestación.
La manifestación de este verano ha sido la más masiva de las que se han
realizado desde 2023, año en el que se inició el actual ciclo de movilizaciones
con la Contracumbre Social del Turismo: "Menos turismo, más vida". Tres han
sido, en mi opinión, las claves del éxito:
a) La acumulación y agudización de los malestares: las dificultades para
poder ejercer el derecho a una vivienda digna se agravan, intensifican, y
afectan a más gente. No en balde, en estos últimos meses se ha consolidado en
Mallorca el movimiento de sindicación de inquilinas con la constitución formal
del Sindicat de Llogateres de Mallorca. En paralelo, crece la pobreza laboral,
que ya afecta a sectores sociales otrora autoconsiderados clase media. Por otra
parte, una buena parte de la sociedad mallorquina ha percibido que, tras la
retórica del gobierno regional y la patronal de la “contención”, del “crecer en
valor y no en volumen”, y de la “gestión de flujos turísticos”, realmente se
esconde la consolidación del régimen de turistificación. Con cada negativa de
las elites políticas y empresariales a conjugar y practicar el verbo decrecer
aumenta el enfado social.
b) El gobierno regional de PP-Vox ha aprobado recientemente una legislación
que facilita, entre otras cosas, la desprotección de espacios naturales, y el
desaforado y especulativo crecimiento urbanístico. Esto ya provocó, el pasado 5
de julio, una importante movilización social, con la participación de diez mil
personas, centrada en la exigencia de mantener el statu quo de protección de
todos los espacios naturales de la isla, simbolizada en el no retroceder en la protección
de la emblemática playa virgen de Es Trenc.
c) El tercer factor de éxito movilizador ha sido, sin duda, el intento de
criminalización del movimiento antituristificación que, como molesta mucho a
las elites, han intentado disciplinar.
Ha habido en el pasado otros intentos de criminalizar la disidencia en
relación con la turistificación, pero el de este año ha sido el más potente y
concienzudamente articulado. Veamos: a principios de junio la plataforma Menys Turisme, Més Vida
(Menos Turismo, Más Vida) publicó en las “redes sociales” lo que denominó
“Manual de acción contra la turistificación” que consistía en unas pocas
recomendaciones para hacer pintadas en las fachadas de las inmobiliarias,
inutilizar con silicona entradas de pisos turísticos de Airbnb, empapelar con
el cartel de convocatoria de la manifestación negocios ligados a la
turistificación, esquivar ser gravados por las cámaras de vigilancia, y poco
más. Independientemente de la conveniencia de su publicación (en mi época de
sindicalista estas cosas no se publicaban, pero, por ejemplo, en las huelgas en
el sector bancario, la noche o madrugada anterior al inicio de la huelga, la
silicona corría como la pólvora; cuando en hostelería las huelgas se hacían -y
no solo se anunciaban para ser desconvocadas- siempre había algunos cristales
rotos y los piquetes informativos siempre fueron acusados por las patronales y
la policía de violentos; no recuerdo ninguna huelga general sin las clásicas -y
casi añoradas- pintadas, o los recurrentes cortes de calles y avenidas), los
malestares y los movimientos reivindicativos han sido siempre sinónimos de
conflicto, de enfrentamiento de intereses, de cierta acción directa y
desobediencia a las normas establecidas. El caso es que se montó una descomunal
ceremonia deslegitimadora de la plataforma convocante de la manifestación: la
Policía Nacional abrió una investigación, el consejero autonómico de turismo
habló de “manual de instrucciones de la kale borroka turística”, el máximo
dirigente de UGT en las Islas Baleares lo llegó a calificar de “terrorismo de
baja intensidad”, la firma jurídica internacional MD Law Group presentó una
denuncia penal...
Advirtamos entre paréntesis que en las recomendaciones del citado manual se
enfatizaba que las acciones debían ser pacíficas. En este sentido, me parece
oportuno recordar el libro de Howard Zinn titulado "Desobediencia y
democracia. Nueve falacias sobre la ley y el orden". La cuarta de estas
falacias que Zinn deshace es la que plantea que la desobediencia civil tiene
que ser perfectamente no-violenta, afirmando que en "la tensión inevitable
que acompaña la transición de un mundo violento a un mundo no-violento, la
elección de los medios casi nunca será pura, y que incluirá tantas
complejidades que la distinción entre violencia y no-violencia no será una guía
suficiente". Zinn nos plantea la discusión sobre la noción misma de
violencia, advirtiéndonos de que cualquier planteamiento riguroso del tema
obliga a una comprensión adecuada de la gradación de acciones violentas,
empezando, obviamente, por la distinción entre violencia contra las cosas o
contra las personas. En el caso que nos ocupa no tiene comparación la supuesta
violencia ejercida sobre la fachada de una inmobiliaria con las violencias que
ejercen sobre las personas los efectos de la turistificación o las provocadas
por las condiciones laborales hegemónicas.
Cerrado el paréntesis, expliquemos brevemente el segundo gran episodio de
este intento de criminalización: el pasado 15 de julio, la Guardia Civil
detiene en la localidad mallorquina de Santa María a dos jóvenes activistas,
supuestamente por haber hecho, a finales de mayo, unas pintadas en las fachadas
de cinco inmobiliarias del pueblo. En lugar de ser citadas judicialmente, son
detenidas con un considerable despliegue policial, y exhibidas esposadas en su
entrada en el juzgado. Son acusadas en el atestado de la Guardia Civil (cuyo
jefe, dicho sea de paso, fue investigado en un caso de torturas en el País
Vasco) de delitos de daños intencionados, daños contra el patrimonio, y,
atención, pertenencia a organización criminal. La Policía Nacional y la Guardia
Civil advierten literalmente a la población de que “los que cometan delitos
contra intereses turísticos en Mallorca
serán detenidos”. Independientemente del proceso judicial de las detenidas
puestas en libertad con cargos, resulta obvia la campaña de criminalización
contra la disidencia y desobediencia convocada a manifestarse el 26 de julio.
Del intento de criminalización al “A por ellos”
El intento de criminalización fracasa rotundamente: la detención y las
acusaciones a las activistas provocan una ola de solidaridad e indignación poco
vista en Mallorca. Crece la marea movilizadora. Así se llega al domingo 26 de
julio, y el centro de Palma se llena de manifestantes.
El operativo policial es, desde el principio, desproporcionado e
intimidatorio. Pero, en torno a setenta mil personas nos manifestamos
pacíficamente -no hay en el largo recorrido absolutamente ningún incidente, ni
un papel en el suelo, civismo total-. Es una movilización alegre, popular, con
presencia de familias al completo, intergeneracional, desbordante, emocionante
y combativa. A mi alrededor, un grupito de manifestantes veteranos susurra Le
temps des cerises, la canción de Jean-Baptiste Clement que se cantaba en
las calles de París durante la primera revuelta proletaria (Marx dixit),
y otros grupos de jóvenes gritan consignas como por ejemplo “Quien siembra
miseria recoge la rabia”, y otras relacionadas con el derecho a una vivienda
digna y contra la precariedad laboral y vital, una pareja levanta un cartel en
el que se puede leer en catalán “El capital es el criminal”. Supongo que hubo
tantos ambientes como manifestantes, en cualquier caso, fue una manifestación
de una grandísima pluralidad con una finalidad común: denunciar que Mallorca
está al límite.
Al final de la manifestación vino el “A por ellos”. Es cierto que la gran
asistencia de manifestantes desbordó las previsiones de las personas
organizadoras, pero la policía, en lugar de ayudar a canalizar la marea humana,
se dedicó a provocar desde el minuto cero hasta que la manifestación se
acercaba al punto final donde debía leerse el manifiesto. Las brutales cargas
policiales no tienen justificación. La veintena de personas heridas de diversa
gravedad a porrazos y con balas de goma por la policía tiene que tener
consecuencias políticas, y, probablemente, judiciales. Tiene que haber
dimisiones, ceses, condenas y acciones legislativas, entre ellas una de
urgencia: ¡Derogación ya de la Ley Mordaza! Pero, puesto que uno de los efectos
del régimen de turistificación es la desdemocratización, convienen no tener
grandes expectativas en ello y persistir en la movilización, exigiendo
responsabilidades y más y mejor democracia.
El significado profundo del éxito de la movilización
En el manifiesto que se leyó al final de la manifestación se afirma: “El
decrecimiento turístico es ya una condición ineludible para garantizar unos
servicios públicos dignos y ajustados a las necesidades de la población, la
pervivencia de la cultura y la lengua propias, vivienda para vivir y no para
especular, menos desahucios, menos racismo, mejores condiciones laborales, la
indispensable y urgente protección del territorio, la tierra fértil, los
recursos naturales y la biodiversidad, espacio público para vivir y no para
hacer negocio, más soberanía en las decisiones que afectan nuestro futuro
marcado por la crisis climática y ecológica global, más descanso, más salud, y
más justicia social. En definitiva, estamos convencidas de que menos turismo es
más vida”. Que este mensaje haya calado en amplios sectores de la sociedad es
el trascendente éxito de la gran manifestación y de la persistencia en la lucha
por la desturistificación.
Quien no entienda que el masivo malestar no se soluciona a base de
persecución y porrazos policiales, o sufra un “despiste partidista” que le haga
pensar que estamos en presencia de una movilización exclusivamente en contra de
unas políticas concretas de PP-Vox no habrá entendido nada. El movimiento Menys Turisme, Més Vida
(Menos Turismo, Más Vida) es positivamente antisistémico.


